El Tambor de la Derrota

En los tornos marinados de la fe se giraban las cabezas del revés no teniendo nadie claro a lo que se enfrentaba nada más acabase el sanguinario y siniestro teatro. En las pérgolas sombrías donde oscilaban pies a dos palmos del suelo gente que sabía del amor se ha adentrado en aristocracias mortales allende los pedernales que pisan negligentes que observan el cotarro sin saber el devenir que les espera nada más traspasar la línea de la muerte que insomne y sorda desvelada engulle sin cesar las corbatas y las jeringas de corchopan y las buenas escobillas de váter que se quedan manchadas de hez no sacra en los amotinamientos de sociedades domeñadas con móviles y fútbol a la carta. Y es de ver los traspiés cuando terminan la tarea de controlar al personal y otean el ocaso como si les aprobase el traspaso avasallador por la que cabrán en un agujero el mal ya hecho. En las timbas del destino se reían a carcajadas y los infiltrados no hacían más que reírse y alentar a los poderosos a darse por el culo en el centípede humano que tragaban mierdas mientras los espabilados del negocio de las armas bombardeaban ciudades donde la gente moría a mares todo contabilizado por el aire. Y es una pena puesto que en tres trasvases muchos volveremos al niño mientras que otros se reencarnarán tanto que sabrán sobre sus piel lo que duele una existencia sino millones atrapados en ciclones concéntricos de mareas bobas ahogados y otros, niños también, vuelan hacia el ocaso enamorados.

(Caveman)

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