En sus ojos podría ver…

(En sus ojos podría ver…). El viento tempestuoso mece mi alma acunando mi espíritu en un lecho espinoso en tormentas violentas que se llevan cada mañana el nombre de Claire hacia playas lejanas lejos de mi vista y mis manos ajadas llegan como sudarios roídos y mis huesos astillados la persiguen antes de que se vaya para siempre y le ofrezco los frutos del deseo desde mi cadáver macilento que roe angustias limítrofes en las fronteras del sueño cuando puedo tocar el borde de su falda y besarla como si no existieran más mañanas para pintar los anhelos de los momentos en los que Idilia la engaña y viene a mis aposentos en oscuridades opacas en la necrosis de mis huesos para dar luz a mi pequeño átomo que se extingue lento y cuando llega Ella reluce como el astro más brillante del firmamento. Y en la aurora de acero las rebabas cercenan mi substancia que corre detrás intentado ser un caballero que le cubra la espalda mas se desvían las corrientes que imperan de punta a punta del planeta y se escapa y me grita cuando se da cuenta que la he hechizado hipnotizada por mi cuento de falsas Hadas que vienen a mi encuentro cuando son Trolls y Ogros los que miran cuando somnolienta y enajenada me ama: “¡No vengas más secuestrador! ¡Tú me engañas me prometes las nubes cargadas de bienaventuranza y sólo hay un sol abrasador que derrite las cuencas oculares y una noche helada y despiadada que confunde a las estrellas que miran horrorizadas cuando guiado por tu canto de sirena acudo a tu llamada para hundirme más en el lodo! ¡No digas que no te lo advertí ladrón impío, ¿qué quieres de mí? ¿Mi cuerpo y esencia para arrastrarlos a un agujero negro?”… No me quedan lágrimas se han secado en eriales de arena desértica las pocas que hay son corruptos témpanos hirientes de sal manchada por la impureza del destino aciago que le espera a mi esqueleto agujereado de tantos golpes de la vida y las lesiones que pagan la paradoja de mis desordenadas ideas… y el síndrome de Estocolmo lunar es Ella cuando se da cuenta cruzando velozmente la negrura con una daga para degollar mi corazón y exclamar: ¡MALDITO DEMONIO BARATO DÉJAME EN PAZ!

(Apolonio)

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