Cuando las piedras desvarían

¡Oh musa cantora de mi desgracia! ¡Llévame a la perdición enamorado del ideal de mi salvación! Y al rebrotar todo lo que hay en mi alma pueda verla a Ella engalanada de fiesta manchada con la sangre de mi corazón. Y cuando el horizonte disipe los colores de mis ojos el Mediterráneo rugirá esplendente para que surja el amante apuñalado y grite: ¡El cadáver de esta mujer reflotará en la rompiente y su sombra me atormentará eternamente! Y cae la noche silente en los vértices de la mañana iridiscente y se hunde el mascarón con su efigie y los monstruos marinos surcando remolinos me tragan inclementes. Y en la cofa del mutismo ondeando mientras se sumerge con su faz y nombre la bandera que oscila entre los abismos ante las fauces del mar que calla la debacle. Y Ella es ajena a la tempestad que azota las costas de mi espíritu; la sal me besa por toda respuesta y aún así la persigo sin cesar y en mi boca se forma un desierto de arena… más me hubiera valido la pena un puñal de soledad agujereando mi pecho que desear la tonalidad de sus azules pupilas fundiéndose con lo verdoso de las mías. Llévame oh ideal, oh musa cantora, allí donde ya no la recuerde.

Gabriel

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