A los poetas vivos que también morirán

Aunque ese sueño fuera de agonía eterna.  Aún siendo colmillos que desgarraran mi cuello en un tremendo y amargo olvido allende las personas de mi siglo. Estando yo perdido en lamentos y sollozos en la descomposición del hueso contra la tumba sellada en silencio. Mas que sea angustia pura en un retorno sin cesar desde el principio al final sin que nada venga a variar. Siempre sería mejor que permanecer eternamente despierto en esta realidad rodeado de mis coetáneos. Las nubes cenicientas de tormenta han rielado los senderos oníricos que descienden de los cielos hacia las cabezas dormidas. No hay luz y han parido los desarreglos mortecinos las veredas que llegan a la conclusión de los caminos. Soledad macilenta sobre el lecho que expira mortandades mortales en la sublimidad del ensueño del estar despierto. Dolor que gira sobre una rueca hueca los destinos de los que entre tinieblas vivimos y morimos. En el atardecer anaranjado la tempestad se presenta desdoblado en soledades clandestinas y ahí veo a mi lado a mis hermanos. Juntos. Hemos recorrido las calzadas del alma. Marchado al son de las trompetas. Sonar nuestras liras. Jugar a perder a la carta más alta contra el diablo. Caído a los abismos más afilados y profundos. Volado por las estrellas más allá del anillo que regenta el cero amo y señor absoluto de todo. Visto lo indisoluble y la nada ante nuestras caras. Amado y odiado en exceso. Reído a garganta abierta y soltado lagrimones horadados por la implacable musa llorona que nunca alcanzamos a matar. Juntos. Tan juntos. Naufragando en derivas ahogados en ríos de excrecencias infames. Deglutiendo humanas calamidades. Orinando perversos ríos de sangre infectada. Defecando en cunetas trasversales nuestro espíritu proscrito y marginado. Besando mellados arácnidos alambres oxidados. Hemos sido esencia divina arrojada a la tierra. Pecados de desastres infringidos por damas de alto porte. Perfume maligno regando las flores del mal que tenían nombres de mujeres. Agarrados de la mano rumbo al abismo vacilantes de negrura en espantosas profundidades. Cantando alegres en Dionisíacas fiestas prohibidas hasta después del amanecer en acantilados mirando a la costa salvaje espumosa y erosiva. Gritando desesperados sin nada que asir mientras bailamos hacia cataratas peligrosas en el cieno embarrado por mares de polvo cósmico y pantanos ominosos rebosantes de irracionales fieras furiosas. Llenos de éxtasis como jóvenes dioses alborozados y embargados de dolor como gusanos pisoteados clamando justicia a los elevados estados. Juntos. Tan juntos. Cabeza con cabeza. Codo con codo. Corazón con corazón. Juntos. ¡Oh amados poetas muertos!

Apolonio Guillian

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