Retorno al niño

Azota la costa de la desesperanza los acantilados abocados a la erosión que agita las cornamusas del viento despedazándola contra las rocas en la erosión sumisa de los eones en el vasto y mágico Eideen dentro de la grata Atmósfera. Sobre los cántaros de la desdicha se aboca la poesía transformadora vertiendo las entrañas del amargo y áspero poema codificando las nubes en tinta y en idioma el verso exasperado en un canto universal que solo corona de altitudes periféricas lo que está musicalizado. Entre la noche las estrellas de punta a punta del firmamento desgastan las miradas de los hombres que no saben hablarlas con palabras claras. Y enhebra el aire partículas atómicas que patinan como divinidades cósmicas ante los que aman por las pupilas indicando que tienen que enfrentarse a lo que saben sin miedo y con valentía. Oh luz que llegas de ultratumba señalando las sendas tortuosas sorteando los escollos para arribar a puerto allende la enredadera mortal en la monocapa visible humana que no ve con certeza lo que queda tras sus espaldas, ni la sangre que planea cuando se desliza como un cirro negro sobre el abismo tapado con piedras que pese a la modelación aún pueden sonreír con tristeza, aguantando la fúnebre procesión que cree que es suyo cuanto al ojo se le antoja. Y la marea destroza las convicciones infantes y los niños se suman a las realidades pegándose a rueda de los padres que caminan rumbo la vertiente en el fin de los sueños, cuando despiertan en nuevos amaneceres hacia el barranco de la desmemoria más latente ignorando perniciosa los instantes felices y los momentos exarcebados de euforias indecibles… Oh tormento creador de angustias artísticas en el desconsuelo de la nada más perversa y feroz mueren mujeres en soledades viudas entre analgésicos de poderes y no es ese dios en el que creen sino la sombra sin nombre quien la mano les tiende, preguntándoles si desean volver a esta vida infinidad de veces. Y de tanto en tanto llueve en los anaranjados atardeceres despejados de las auroras del silencio en las expectaciones de eternidades que mojan los cadáveres contra el suelo en las albas vitales de los descendientes de dioses sobre el galáctico jardín de Gea, que rebuzna a nuestra especie que va camino de la debacle, mientras ejércitos de animales mueren y renacen en la pretérita tumba, y en la cuna primordial, donde lo arquetípico se desvanece, fallece la carne del hombre en un entresijo de leyes y disparates y nadie oye los gritos donde otrora hubo paz y no hay descanso: un rojo hinchazón pinza las mentes argollando en un terrestre lunar a todos los congéneres: oh que no nos destruya oh profecías nefastas no os cumpláis (salvaremos todos los niños) no permitáis que caigan los astros y nos convirtamos en muertos vivientes ávidos por devorar a nuestros semejantes inconsecuentes.

Apolonio Guillian

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