El Ángel de hielo o ¿Cuánto cuesta el viaje de un beso?

Estoy destruido las olas azotan mi cara vencida y mi corazón desarbolado naufraga a la deriva por los pantanos y las ciénagas del amor. Hace tiempo el átomo sensor se secó en amalgamas de cirros embarrados con los rostros que escrutaban desde las ciclópeas alturas mi interior. La estela del tercer amor verdadero irrigaba en extinguirse como una débil llama cuando Lisa apareció alegrando mi mirada solitaria y triste y sin mujeres al frente con las lágrimas incrustadas en los iris verdiazules refulgentes. Luce el clavero del sol por las esquinas y los rododendros que colindan con el extrarradio de la nada más perversa y atroz. En la noche sin luz astros titilan brillantes en las corcheas que atan el firmamento entre galaxias distantes las capas cortantes de las dimensiones que suspiran por ser todas a una aunque fuera imposible unirlas con una cuerda en un eterno presente. Viran las onomatopeyas del silencio himnos a la locura que oye voces distantes que guían rumbo conclusiones grandes o desastrosas debacles, la voz del viento susurrante entre las ramas engarzándose en los árboles de cada hoja que pujan por vivir en una nueva aurora, y los ojos que miran errantes en las piedras brillantes del cristal pulido en los arbotantes de Hiperbórea que gime desconcertante en la invisibilidad la ceguedad del hombre. Y el paisaje se vuelve lúgubre y siniestro en la conclusión del horizonte en verticalidades decimales las lontananzas tétricas del desespero y algo en mí muere… y renace sin expectaciones ni esperanzas el brillo que mira desde lejos y la negrura me deglute, pero… oh maravilla del núcleo sensor que se agita entre espasmos y convulsiones oh palpitaciones lejanas en el fondo de mi alma Lisa me llama y yo acudo en espíritu, mas vuelvo con los labios secos enormes distancias nos separan: la esencia vislumbra fundiciones en los arpegios de la luna al despertar a realidades capaces de quebrar marmóreas mejillas, y atroz la ensueño en el lindar. Rechazamos ofertas de infidelidad, lo sabemos, en la frontera al borde del abismo los amoreces sinceros se precipitan: y estamos dispuestos a despeñarnos juntos en la misma condena y a resurgir del ominoso barranco como dos amantes que querer tocarse uno al otro la faz era su máximo anhelo y pecado… y al fin suspirar agarrándonos en paz para siempre jamás o hasta colmar la necesidad de este afecto en la verdad de todos los hijos que nos faltan por dar al universo.

Gabriel

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