Horario de invierno

En el horizonte astral en el cambio de turno cuando el sol acuchilla a la noche que gime desconsolada en el estertor helado y se enrosca como un cucurucho absorbida por la irradiación. Las trampas del laberinto se abren en esquinas de acero en aristas que cortan la piel si tropiezas y te das de bruces. Pero los huesos se empeñan en seguir en pie pese al peso del aire en las contrachapas del suelo que impelen a levantarse cada día. Y traspasa el frío de la existencia el vapor del hálito la luz que empuja a perseguir en la alucinación la visión de la jornada que se queda sostenida en el éter viendo nada más que la desgracia. Aliento se recortan las posibilidades de progreso dentro del alma y se avanza entre un camino rocoso con ángulos de sangre en la negrura que propone el brillo de la jornada en los campos abiertos de la vida. Y ya no hay mucho más por decir: que los peligros se desplieguen ante las fauces esenciales en el espacio tiempo desde abrir los ojos del sueño y ver lo siniestro brillar como si fuera un baile de alegría.

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