Historia de un naufragio

(Ya lo he logrado, puedo pensar en ella sin que me afecte o Aquel paraíso llamado Silvia). Llegando a su puerto irradiaba el faro todos los colores del arco iris entremezclados para que yo entrara en él y atracara en un muelle seguro prodigando su luz junto a la luna que rebosaba de aguas tranquilas enaltecidas tan sólo por la iridiscencia de mi corazón que hallaba al fin la paz y sobresalía alegremente entre los escollos y sorteaba los más despiadados derroteros del Amor. Pero ¿había sido falsa la visión? ¿Qué era aquello que ante mis ojos se cerraba convirtiendo en atolón armado e impermeable todo cuánto amaba? Mi quilla desviada viraba en un Norte magnetizado por los horrores de la desilusión de verme hundido para siempre cuando mi proa se estrelló encallando contra aquilones desmedidos del tormento que se advenía: un nuevo desamor prometiéndome vararme en el fondo de todos los mares bautizándome en putrefacto manjar para anquilosados peces hambrientos de tristes historias en los cristales de los más polvorientos olvidos entumecidos al albur de ciudades sumergidas en fosas invernales en las gestación de necrófilas subacuáticas mariposas a raudales… Pero yo, ardiente de ira por el desaire, mientras me hundía en una turbulenta pleamar armé todos mis cañones y los encaré hacia el peñón que hermético permanecía en una atemporal y acechante negrura: allá, cuando a la popa las aguas se la engullían, un rosario de diabólicas salvas de fuego empezaron a brotar en hilera mientras la cubierta se ahogaba irremisiblemente hacia un silencio estridente que sólo callaba con el rugir de mis armas que iban bombardeando el atolón amurallado que lloraba amarguras constreñidas en contraídas lágrimas en la mansalva de las repetidas pérdidas que auscultaban ríos de arrepentimientos hacia la pira… una espiga flota en el azur, han caído las torres los muros los templos campanarios sólo resta una femenina silueta que se apaga acurrucada con los brazos rodeándole las piernas… Agarrado al mástil la arboladura del bajel prácticamente hundida oigo el repiquetear del rocío amargo en la isla de la que me enamoré y se dejó enamorar por mí sin culpa alguna. El mástil se hunde definitivamente: un último proyectil burbujea en el salado líquido despegando y dirigiéndose hacia la isla hundiéndola irremisiblemente: dos ahogados sobresalen en la línea que retoma la lontananza marina: a una se la lleva la corriente hacia la playa y a por mí ya viene el submarino de la derrota que me ha de llevar lejos de ella y cualquier otra.

Gabriel

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