Había allí un malvado llamado Seba

Rondan mis huesos teluridades atávicas en el arcón de los desaparecidos y abundantes besos en decadencia por el paso de los bostezos capaces de tragarse al universo. En siniestras oscuridades madres buscan a sus hijos antojo de invisibilidades tonantes en céfiros macabros al albur del crepúsculo que se fuga distante dejando necróticos recuerdos adyacentes a la luz de la esperanza en los pálidos olvidos en los regueros del sueño cuando despierten: todas vosotras agarradas a una sombra.

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