Cuento de infancia

Hubo una vez que fui feliz en el pasado que ya remoto en vestigios de corales las noches se sucedían bajo sueños grandiosos en mi cabeza de infante que absorbía los Gnomos los Duendes y las Hadas. En la cresta de las montañas los Dragones arañaban las nubes en los deslices del viento que gemía alegres canciones de imaginería que crinaban bellas musas mostrando sus rostros en los cirros y soplaban odas de esperanza. Pero el niño no podía contener en su cabeza todas las ideas que crecían al igual que su cuerpo hacia una adolescencia destructiva. Y el fuego se apagó para dar cabida a otro que quemaba de verdad las articulaciones y las sienes de la cabeza. La vida se abría fieramente ante el niño que glotón de conocimiento y de placeres devastadores en los gritos de la madrugada que tragaba los dolores mientras se buscaban las tinieblas preternaturales para darle descanso al cerebro y a los ojos. Y ya todo fueron trompicones por la existencia que le desterraba y le apartaba a las cunetas donde solo el horror transitaba. Y ahora cuando se abren los párpados y las pupilas buscan la luz no queda nada de todo aquello sino que convicto en un jaula de cristal se desprenden las razones que quedan para creer en todo ello si no nada más que el Terror de la existencia mientras que los Grifos los Magos y todos aquellos seres le han abandonado.

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