SÓLO EN UNA IMPOSIBLE ISLA LEJANA (31/05/2007)

Mientras el sol decae las sombras emergen de lo más oscuro. La noche tienta a los espíritus a salir de sus profundidades. En el oasis de las almas en pena resurge, con cada lamento, la semilla de la luz que las vio nacer, pero, oh, sólo es un instante el que apacigua su sed. La venganza del cosmos contra los violadores del orden primordial, se perpetúa hasta más allá del tiempo, sin segundos que contabilicen su agonía. Los astros primigenios bailan una danza imperecedera en las altas esferas estelares, siendo su misión elegir, en cada era, a sus predilectos, para que perpetúen la inmortalidad del cosmos creador. Vestigios de las aguas pestilentes resurgen en los cráneos de los seleccionados; vagones fantasmales que nunca desaparecen en la noche de las mentes; espectros malignos de otro mundo que pujan por salir a la vida, robando la esencia excelsa de los predestinados a crear estrellas. Entre el dolor y la alegría; entre el éxtasis embriagador y el tormento que devasta los caminos hacia el infinito, pululan con pena y gloria los nombrados para la eternidad. Nunca habrá paz, incluso después de la muerte los seres que nos odian nos seguirán odiando. La redención es dolor, pero no es un castigo, redimir a la sangre maldita que corre por nuestras venas es un objetivo, un fin, una meta, para llegar, después de la muerte, más allá de las estrellas. En un amanecer lejano, en un nuevo día, los ojos se abrirán para contemplar la creación que atestigua que somos y seremos, por los evos de los evos, eternos.

Un sueño de dioses es la inmortalidad, cada uno es su esperanza en este inmenso abismo de muertos vivientes. Una meta, un fin: crear más estrellas que a su vez creen más estrellas y expandan, en el infinito firmamento, nuevos soles que un día han de dar vida al vacío, a la nada que nos rodea, en esta mortal caída a los fosos que nos destina nuestro planeta tierra.

En una noche futura, mientras los monstruos nos cuelgan el negro laurel, nosotros, los que nos elegimos rodearemos las cabezas de nuestros padres con ramas de olivo. La sangre que nos dio vida será las nubes que ostentará el cielo en el ocaso de la humanidad. En la noche de los tiempos habrá ciudades sepultadas por la tierra y el mar, vestigios inertes como las joyas que lucieron damas de alto porte, cráneos con cuencas vacías y sin lengua que ya no podrán gritar, con rabia o amor a los dioses, lo que ha sido, es y será. Sólo aquellos que logren superar el abismo verán como sus diminutos cuerpos se convierten en estrellas en el indómito espacio, y su carne, materia con la que ha de nutrirse el polvo de la tierra se transformará en esencia de dios si su corazón y ojos son dignos de convertirse en todo.

Antes de la nada no había principio y el dolor nació para prolongarse en las épocas, más allá de las modas y los éxitos temporales que el tiempo glorioso sepulta en el olvido. Grandes hombres cuya existencia se resumirá en la voz del gusano antes de que el sol se apague y un grito gutural engulla los restos del tiempo que vivimos los humanos en este planeta. Los perros tendrán su cielo, los gatos también, los árboles su eternidad ¿y los humanos? ¿Qué tendrán los humanos? La canica cósmica en la que vivimos y morimos acogerá el cuerpo muerto. La locura, don divino, abrirá sus puertas por fin a la creación absoluta, a la obra de las obras, al logro de lo imposible, para que el espíritu estalle en su armonía caótica y reviente en un estallido lo establecido, el orden estelar, para gritar el porqué de tanto sufrimiento, el porqué de tanto rodar, sin rumbo, perdidos en un mar de angustias, con la arboladura del barco desarmada, con la velas caídas, con los fuegos apagados, con la cubierta llena de seres amados y rodeados por un mar de muertos, que ansían subir sin tener ganada la salvación hundiéndose en una condena eterna, aferrándose a la arboladura mientras la quilla aparta los escollos y los deja en esa inmensidad atemporal, con la resignación y pena por balsa y asidera. Nadaremos en mares abruptos y oscuros, nos sumergiremos en las pestilentes aguas del abismo para rescatar aquellos que amamos, el odio nos dará el valor necesario y el amor quedará aparcado por unos instantes, para luego retomarlo y que nos destroce con sus flechas ardientes y envenenadas.

Hurgaremos en las entrañas de la lava y rozaremos la atmósfera con nuestra curiosidad, una vez concluido el ciclo de las metamorfosis, y nadaremos desnudos allí dónde los dioses se perlan con agua de otros universos. Beberemos de las fuentes prohibidas el néctar de la ambrosía divina y miraremos a los dioses a los ojos, los apartaremos, y los bienaventurados que amen y sean amados volarán juntos dejando un rastro de color tras ellos. Los amantes solitarios verán como sus heridas sanan ante la mirada del caos.

En el último camino, en la senda del silencio, donde la inconsciencia es conciencia, en lo límites del verbo, sin voz ni palabra entre la idiotez y la genialidad. Sin  poder dominar  los cuatro elementos.

APOLONIO GUILLIAN

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