No hay nada ahí

Herido en los desgarros de la mañana cuando la oscuridad plácidamente se retira en la verticalidad siniestra de las lobregueces magníficas en lo primordial y primigenio de un cuento cósmico que nadie puede negar el sol me araña las síntesis de mis párpados que han de abrirse quiera o no y dejar que los colores solares embarguen todas las latitudes de mi alma resumiendo mi aura a un simple pellejo que recubre los huesos. Es grata y sublime la Atmósfera (y se puede alterar su realidad) que desperdiga tonalidades iridiscentes que chispean en mis ojos hartos de la vida y hay que sumergirse en la etérea del planeta entre formas invisibles y funestas que azotan la cara consciente que entre las trasparencias aéreas se esconden desde Trasgos y Zombis y alegres Ninfas ardientes y Hadas benevolentes, con los hombres como un macabro teatro impidiendo que me despliegue. Pero sin embargo mi corazón en un puño cerrado enarbolado hacia los dioses clama en la desesperación la muerte en la nada del día vacío con sus formas que jamás serán mías y me asedian oprimiendo mi pecho, con dulces y agudos dolores, algunas telepáticas personas que involuntariamente me empujan al abismo preguntándome cosas y yo cansado de decir verdades como puños a punto de caer les grito: ¡Olvidadme! ¡No hay nada ahí! ¡No hay nada ahí! ¡No hay nada ahí! ¡Tan sólo nuestra más disparatada demencia! Y salto: jornada tras jornada.

APOLONIO GUILLIAN

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