El Templo del Gusano

En el humo nauseabundo de las civilizaciones se eleva un olor a podredumbre y ceniza que remonta los cuerpos mientras las aves chillan de alegría. Asesinado por las alturas el niño se descompone lentamente dentro de una batamanta mugrienta como un sudario antes de desnudarse y mostrarse en la plenitud de la carne ante las estrellas. Pero el tiempo parece que no pasa y la magia del Istari se estanca en un barrizal difícil de traspasar ante muros puestos por Dios que cortan el camino para avanzar con amor y alegría enervando los estados de conciencia del intelecto hacia cotas preclaras y tachonar con la imaginación el firmamento con astros rebosantes de creación y vida. Y yo no quiero limitar mi compasión ni mi fiereza ante una humanidad que gime una espiritual pobreza que cuando se desapegue de lo mortal prácticamente sólo quedarán cenizas. No me costará mucho regresar a las cavernas impulsando las corrientes primitivas que me corren por la sangre mientras en soles de otros planetas las naves surcan las galaxias y empezar de nuevo otra vez e incluso volver a las escolopendras que me componen con tal de que el Cero Universal me corone con Átomos y me sitúe donde merezco estar en la repetición de las metamorfosis y hacer de cada una de ellas un Dios hasta alcanzar las Gradas de Saturno, una vez conocido el celo y el desfogue de cada especie y llenar el vacío de inmensidad.

GABRIEL

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