Borrador noctámbulo de sangre inocente

Enmudece la noche en una siniestralidad amable y todo se recoge en un túmulo de atardeceres que giran y orbitan sobre los pasados balbucientes que genera el paso de los días y el ayer parece que no importa nada pues solo gas inasible queda. Pero se acumulan los horizontes en sendas internas que buscan la luz allende el alma escarbando sacando condenados de la nada. Y suspiran las lontananzas en los desordenes diarios que desequilibran las paradojas del día y se recortan cuando la oscuridad aplasta los mediodías de las cazallas y las risas de fiesta y alegría. Un erizo confiado cruza la carretera que como una guillotina lo deja desangrado a mitad del asfalto sin saber la hora ni la jornada ni las sonrisas de las mozuelas que se besan en veranos del amor y ahí queda el cadáver en medio de la calzada esperando la metamorfosis sin cuestionarse la salvación solamente que aparezca el Rey del Mar y la Montaña y lo deposite fuera del alquitrán sobre tierra que retorna al polvo en una descomposición digna del telúrico Amor como ventisca como redención aplanándole el paso hacia la Playa Sagrada en la visión preclara el entorno mirando el Rey hipócrita hasta las médulas el cuerpo muerto entre sus manos depositando a un morador del reino en el silencio nocturno el Emperador tumbado en la carretera con los ojos abiertos mirando las estrellas imaginando escaleras que remonten más allá de Casiopea el lugar que le corresponde pidiendo que vuelva a vivir lo que muera por accidente.

APOLONIO GUILLIAN

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