Pornografía, obscenidad y realidad

electrocardiograma plano (testamento de ojos verdes)

(Aquí o Momento). En el norte del norte hallé las clarividencias astrales que prometían soplar nuevos vientos a las zonas meridionales. He abdicado en los estratos solares que impedían elevarme de ingratos lodazales y he encontrado limos de espera en la esperanza marchita de mis raíces capilares por encontrar una salida áurea a los limbos ultra glaciares que fermentaban en cunetas polares sin más medida que pagar con monedas heridas de desfases en las cuentas dispares de remiendos singulares en los fosos de las condenas preliminares. He de despertar y ceñirme a los alvéolos en los recodos de nefandas vidas que se aúpan todas a una en esquinas sublevadas en subversivas tandas. No he de seguir por sendas subliminales sino malversar mi aptitud en dudas confiadas de confetis silenciosos que se desperdigan cadenciosos en partituras blancas. Sumido al avatar de los siglos los días se desmoronan aplastados unos tras otros y la buena nueva es suspirar vacilante el ideal y plasmar sobre cielo errante la faz idílica que atormenta mi rostro jadeante. He de poner fin al fin a todo esto que me cerca con nomenclatura de tinta negra y arrodillarme ante el deglutir de la carne que se ensaña de manera nefasta con mis nervios a prueba de derrumbaje. Y soñar cada vez menos hasta no notar siquiera el aliento purificador de las nocturnas visiones que me vienen a asediar escalando las cortinas de humo que me envuelven en mi mirar al más allá de mis pupilas. Y dejar la poesía para centrarme en los momentos que acunan lo que se acurruca en mis horas muertas para revivir con inusitada fuerza el tedio que me ata a los silentes cinturones de la nada que abastece innatamente la ineptitud de los segundos por dejar huella en el aire. En los filamentos del desorden hallé una clave: morir empuñando la espada o apagarse lentamente; el dilema se sirve en un frío vaso de tubo que escancia mi libertad de alargar este poema hasta el infinito turbulento turbio y confuso o levantarme y enchufar la luz y caminar de nuevo aunque sea en círculos concéntricos en la espiral que prende la luminosidad del desastre que acontece cuando quiero amar y sólo me responde una voz hueca que hace inminente mi locura cuando sea ceniza aquella cara que ahora se acaricia cual de la una estatua idiota y cesar mis pronopexias en el alud terrorífico del abecedario prístino como un diamante que desemboca rumbo el final de este texto que será o no leído por alguien a quien la atmósfera toca, en este vital instante.

APOLONIO

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