Fábula del amor perfecto

(Silvia: fuente inagotable de inspiración o Fábula del amor perfecto). Un día más que se acumula como fardos de horas de desmemoria en el molde de algo insano he despertado y no estabas a mi lado. Sino que lejos atravesando ciudades y prados te plantabas airada en los kilómetros que nos separan. Apartada en la distancia de los campanarios que sonaban repicando a muertos mirabas con tus ojos las latitudes distantes que te acercaban las lumbres más celestes con tu amante homicida en un espacio remoto. Expulsado del parnaso las guitarras de la desolación acordaban los sonidos que llegaban como ecos de acero a mis oídos enloquecidos por querer oír en el trayecto tus palabras. Y he recorrido millas y millas por tocar tu vestido y escanciar mis dedos por las telas que componen tus designios en los destinos que nos aguardan en el hilo de espino de nuestros caminos. Y en la tormenta del amanecer dentellean las centellas escapando del átomo originario para conformar nuevas estrellas que sean engullidas por la atmósfera. Nadie ve el silencio que embarga las esferas anilladas del desasosiego cuando te busco en los nudos de la marea y solo hallo desconsuelo. En los asesinos que asestaban puñaladas al amanecer de los cuerpos me encontré con un cuchillo ensangrentado entre las manos y gritando enfurecido que por qué no pudo ser. Una mota de luz cercena las notas de la quietud de la oscuridad que tragaba mi espíritu encendido a la busca del ideal de tu cara. Y girada en una pesadilla terrible te cercaba corriendo para ver tu faz de frente y enfrentarme a lo que más amaba. Pero no veía mas que tu espalda. Tiré la persiana americana en tu rostro y aún sin rostro te besé. Se descomponían en esquirlas tus ropas y tu piel se transformaba en negritudes pantanosas. Entonces te abracé besándote con más fuerza todavía para que no te desintegraras entre mis lágrimas y cuando despegué los párpados para verte mejor y nadar en tus profundos ojos marítimos un Súcubo me aferraba formando conmigo una masa deforme que chillaba presa de la rabia: ¡Esto es lo que tienes por amar con tu interior malherido a esa mujer nefasta! Y con la astilla que guardaba en mi corazón te acribillé una y otra vez hasta dejar sobre mis manos una pasta sanguinolenta mientras lloraba preso del miedo visceral y la pena más amarga.

GUILLIAN

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