(Me enamoré de una Vestal). En las noches plomizas el desgarro arañaba el tul de las cortinas de mi sueño. Somnolientas se deslizaban dúctiles y silenciosas pesadillas en las comisuras de mi cerebro que pugnaba por enamorarse de la silueta desnuda que se aposentaba desprovista de ropa ante mis pupilas que zumbaban remolino adentro persiguiendo las formas anheladas de la visión descalza que tocaba mi cara. Pero siquiera podía rozarla erguida ante un altar que indicaba que amar como yo deseaba no era para este mundo. Y Ella me miró con ojos chispeantes y me sonrió mientras me atrapaban las nefastas alucinaciones y me sumían en el desespero concéntrico de la negrura que pronto me engulliría clamando que en el despertar de la locura, las espirales hipnóticas del aurora me encadenarían a las visiones terrenas y lúgubres manos de ultratumba se despedirían de mí agarradas a mis órbitas y yo tendería mis dedos imprecando a la Vestal y todo desvaneciéndose a mi alrededor en un pavor de sepulcro y mis párpados abriéndose en el dolor del alba que ya va apuñalando uno por uno mis recuerdos oníricos y sólo resta la piel de alabrastro de la Vestal y las garras insomnes que ya van a coronar mi vuelta a la vida.

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