Audaces del amor

(Héroes de amor). En el ocaso transparente del horizonte sobre las montañas el brillo inmaculado de lo silente despega desde el suelo para sumergirse en oscuridades ascendentes que tocan las lomas del cenit incandescente. Y muere el día inmerso en clarividencias sin nomenclatura al frente. En las esquinas de la lontananza emergen las antorchas de fuego abrasante para adentrarse en la candela opaca de la muerte. Y nuestro amor sucumbe marea abajo las directrices del desparpajo  por ser dos en uno la lumbre del picacho más alto en el vórtice elevado para diseminar luces por el humano reinado. Las hojas se desprenden de las ramas que sueltan lastre para que aquellas se descompongan por arriba de la tierra. Y sopla la ventisca llevándose los restos de la aurora que ilumina los vestigios de la madrugada antes del amanecer del mediodía del hombre mucho antes de que  me enamorara de ti y tú te prendaras de mí. El solsticio de verano nos condena confinándonos a los abisales bordes galácticos de lo que debería haber sido una leyenda. Y expiramos macilentos bocanadas de desespero, ¿para cuándo lo nuestro? Para nunca, o tal vez guiados por las voces de nuestros corazones nos encontremos: prestos para matarnos de nuevo.

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