El aliento de las cascadas antes de llegar a los afluentes.

(Boceto de la lluvia sobre las hojas). Y la primavera emergió entre los árboles, y las flores se abrían despertando sus pétalos a la luz de las auroras de los siglos que se sucedían a velocidad de vértigo. Las aves piaban en las ramas desperezándose y en los silencios matutinos brotaban albas en las salves por dar al día la nueva bienvenida. En los anaqueles de la hierba brillaba la antorcha del tiempo saludando a los seres que habitaban el jardín delicioso de Eideen. El musgo se aferraba a la madera en el amanecer de la mañana que doraba tumultuosa los ríos que descendían por los acantilados de la montaña emergiendo claridades iluminadas por el canto de las Hadas. Y titilaban los faros en orillas lejanas apartadas de los desastres de la vida. Y entonces ocurrió: en el sesgo inmaculado de la creación nació una maldición bautizada con el nombre genérico de la nada: el Hombre que traería la destrucción. Y todo se retiró quedando la somnolienta Tierra desprovista de protección ante el ser que todo domeñaría. Y surgió una nueva época en los evos del Universo para completar los Orbes apartados de la Ciencia. Cesó el arraigo preclaro de las Nebulosas sobre el suelo para dar paso a lo que generó la incertidumbre de la Eternidad para que pudiera vivir más Existencias Aquí y Más Allá. Y bostezaron las constelaciones y al Hombre Huérfano lo relegaron sin más credo que devorar el vacío ante la sorpresa y los ojos llorosos de las Estrellas.

Anuncios