El aliento de las cascadas antes de llegar a los afluentes.

(Boceto de la lluvia sobre las hojas). Y la primavera emergió entre los árboles, y las flores se abrían despertando sus pétalos a la luz de las auroras de los siglos que se sucedían a velocidad de vértigo. Las aves piaban en las ramas desperezándose y en los silencios matutinos brotaban albas en las salves por dar al día la nueva bienvenida. En los anaqueles de la hierba brillaba la antorcha del tiempo saludando a los seres que habitaban el jardín delicioso de Eideen. El musgo se aferraba a la madera en el amanecer de la mañana que doraba tumultuosa los ríos que descendían por los acantilados de la montaña emergiendo claridades iluminadas por el canto de las Hadas. Y titilaban los faros en orillas lejanas apartadas de los desastres de la vida. Y entonces ocurrió: en el sesgo inmaculado de la creación nació una maldición bautizada con el nombre genérico de la nada: el Hombre que traería la destrucción. Y todo se retiró quedando la somnolienta Tierra desprovista de protección ante el ser que todo domeñaría. Y surgió una nueva época en los evos del Universo para completar los Orbes apartados de la Ciencia. Cesó el arraigo preclaro de las Nebulosas sobre el suelo para dar paso a lo que generó la incertidumbre de la Eternidad para que pudiera vivir más Existencias Aquí y Más Allá. Y bostezaron las constelaciones y al Hombre Huérfano lo relegaron sin más credo que devorar el vacío ante la sorpresa y los ojos llorosos de las Estrellas.

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Levemente inspirado en Ian Curtis después de 36 años de su muerte

(Atmósfera o No te alejes en silencio). ¿Oyes el rumor constante del mar cómo vacila en la profundidad marina? Son los espíritus malignos de tus antepasados que vienen a buscarte en el dosel de la cama mientras la noche posee a tus ojos que deliran. Agítate respira deja que los sueños se encaramen a un parnaso de mentiras mientras te devoran las pesadillas. El viento ulula por entre los huecos de tu intelecto pasando factura a las redes que te atrapan en una vorágine de fantasmas espectrales que buscan arrastrarte y situarte en lo más bajo de los abismos pestilentes que emanan de tu alma penitente. Y tápate con las sábanas agárrate a la almohada. Los oyes venir ya están aquí las tinieblas se hacen presentes y con sus uñas mugrientas arañan la realidad que te envuelve. Manantiales desbocados de pecados fluyen como mil afluentes hacia tu corazón desvencijado y mana la sangre salpicando los crímenes funestos que te le legaron tus antepasados. Asustado en un océano de malas visiones se recrean en hordas gigantescas de terríficas alucinaciones que asedian los bordes de las esquinas del lecho que impreca que cese ya de una. Has agarrado la cuerda mil veces atemorizado de poner en peligro tu eternidad y en jaque tu pecho quebrado estira doliente el parto que gime  en el alba de los estados el estadio de tu mente. Ya no habrá más soles de otros planetas ni te mirarán las mujeres anhelantes, no verás piar aves alegres en tu impía presencia, sólo restará caer hacia la fosa buscando el puntal que te desgarre. Y rezarás en latitudes distantes la oración que hará clemencia en los infiernos ¡oh nada apiádate! del vacío que te cerca a cada instante aguardando a que te desplomes en el barranco del olvido con nada más que dolor hiriente. Y las olas no arreciarán, el mar se calmará, la marea bajará y tú oirás a tu alma alejarse rumbo las rompientes de los remolinos que te tragarán por siempre jamás mientras jadeas a eones de millas sobre el mar que eras inocente… la espuma contestará paciente: aquí está el espíritu de una alma inconsecuente y oscilando antes del aurora las sombras te apresarán y de tu voz que lentamente se apaga saldrá un alarido y al reloj le faltarán dos segundos para indicar que menos para ti el amanecer es para todos. Y morirás abriendo tu esencia a los reinos escabrosos que te albergarán hasta que el universo se anille indicando lo que tiene que retornar tras tus pasos para que puedas dirigirte de una vez camino de tu verdadero ocaso.

(La chica de ojos tristes). Te vi y me enamoré de tus ojos tristes. Cuánto habrías sufrido pensé…  Aún no era de noche del todo en mi alma y cuando amanecía las porciones de luz se desvanecían rápidamente mostrando los detritos que quedaban de mi sueño. Aburrido de cancelar mis cuentas con el destino me asomé a tus pupilas para ver qué dentro había. Estirado en la cama te imaginaba radiante con aquel vestido de rosas y diamantes que encandilara otrora mi mirada de amante. Y sumido en la pesadumbre de la espera estiraba los días buscando contigo una nueva aurora. Y hallé bajo tu falda el bosque que aguardaba a que mis manos de poeta lo tocara. Cansado junto a la alacena del adiós vislumbré las antorchas que  llegaban a la bahía para enfondar mis besos en tu cuerpo ardiente que se agitaba con cada contacto augurando la fugacidad de los momentos que se sucedían a velocidad de vértigo instaurando en nuestras auras los filamentos de la mañana por despertar juntos y tomar zumo con tostadas. Y queriendo huir a toda costa de ti para no hacerte daño te busco en las esquinas del ensueño indicando que aún un poco quiero de ti todavía: quizá profundizar en tu alma de mujer tal vez adentrarme en tus aromas para hallar al fin la áurea verdad que ha de incorporarse a la certeza de lo nuestro no fue casualidad y que se dio para que aunque fuera por poco tiempo encontrásemos la felicidad. El tiempo se sucede en líneas de agonía y he de reconocer que hubo alegría cuando friccionaba mi cuerpo con el tuyo en la cocina.